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  • Julia Laberinto

Silenciosa madrugada y me encuentro repitiéndome, preguntándome a mí misma quién soy y quién no soy. Ardiendo en esta cárcel de deseo subterráneo, apantallado. No tengo palabras para revelar la mirada a este mundo real, a esta dimensión del verbo y todo lo compartido.

Lo que arde es un callejón, piedra sobre la piedra cuando se diluye antes de ser comunicado. Cómo de fascinante es que estés tan lleno de silencio y que tan solo te acerque la palabra que no digo.

Te miro en llamas y, como todo lo que arde, ilumina y desaparece.



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  • Julia Laberinto

Actualizado: 10 nov

Cuando la tormenta llega al pueblo y resquebraja con su furia hasta el último pilar, nadie se pregunta de dónde viene. Dónde se conjuraron las primeras brumas, los primeros vientos del norte para comenzar a girar en torno al ojo.

El miedo de la tormenta es un escalofrío tangible, sintomático. Define con sus signos la amenaza de lo real y lo penetrante.

Y, aún así, la inmovilidad de la piedra responde primero al aullido del invierno. El templo permanece quieto bajo la arrasadora negrura. Todos duermen inalterados por la magnitud de la hecatombe.

Lo mismo ocurre con las tormentas invisibles, tormentas interiores que se generan en profundidades desconocidas para agitar ocultamente la superficie.

Yo me siento con mi tormenta interna, a la espera de que amaine.



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  • Julia Laberinto

Actualizado: 13 ago

Recuerdo, cuando era niña, regresar a la ciudad tras las vacaciones de verano y preguntar a mis compañeros cómo habían pasado aquellos tres meses alejados del colegio: “Al final se me ha hecho largo”, “Ya tenía ganas de volver”, “Necesito hacer algo”. Frases como aquellas se han repetido a través de las diferentes etapas académicas que he ido atravesando y yo nunca las he llegado a comprender del todo. Desde luego que he echado de menos a mis amigos, mis rutinas y el pulso incansable de la ciudad, pero no puedo decir claramente que me haya aburrido alejándome de lo cotidiano.

Nunca fui a un campamento de verano. La idea de tener horarios para despertarse, comer, ducharse, hacer deporte y gymkanas, socializar y acostarse me daba escalofríos.

Lo que a mí me emocionaba del verano era la detención del tiempo, la sensación de que cada día albergaba infinitas posibilidades y de que esa mágica dinámica no se acabaría nunca. Yo no necesitaba nada extraordinario para entretenerme. Invertía mis horarios para vivir por la noche como un animalillo y de noche exploraba y alimentaba mis pasiones en secreto y en silencio. Tengo la suerte de haberme criado en una casa llena de libros. Una casa en la que, de hecho, los libros no dejan de entrar porque leer un libro implica, necesariamente, el hambre de otro: un autor nuevo, un tema sugerente, un lugar inexplorado. Me gusta contar que, durante la Feria del Libro de Madrid mi padre no nos ponía ningún límite. Podíamos comprar tantos libros como quisiéramos, sin condiciones.

Mientras tenga un libro no me asusta la quietud, la soledad, el silencio. Y del amor por leer nace también el deseo irreprimible de escribir, una orden inexcusable pero compleja que se alimenta de lecturas y experiencias tanto propias como observadas o imaginarias.




Recientemente, he leído dos libros que adquirí, precisamente, en la última Feria del Libro y que hablan sobre escribir: La escritura indómita de Mary Olliver y Expuesta de Olivia Sudjic. El primero explora los caminos que unen la naturaleza y la literatura en forma de pequeños textos en los que la autora recoge brillantes observaciones sobre el mundo salvaje y reflexiona acerca de la escritura en general y de la poesía en particular. Además, indaga con determinación hasta localizar las intersecciones entre ambos mundos, aquello de lo que ambos se nutren y sobre lo que dialogan para cristalizar en textos cuya energía se eleva y se asalvaja, escapando del poder humano.


Yo hallé pronto dos de estas bendiciones: el mundo natural y el mundo de la escritura, es decir, la literatura. Estas fueron las puertas que yo franqueaba para escapar de un momento difícil.
En el primero de ellos -el mundo natural- me sentía en paz; la naturaleza estaba repleta de belleza, de interés y de misterio; también de buena y mala suerte, pero nunca de abuso. El segundo mundo -el mundo de la literatura- me ofrecía, además de los placeres de la forma, el apoyo de la empatía (el primer peldaño de lo que Keats denominaba “capacidad negativa”), y me abalancé sobre él.
No concebía el lenguaje como un medio para describirme a mí misma. Lo concebía como una puerta - ¡un millar de puertas abiertas! - más allá de mí. Lo concebía como la manera de percibir, contemplar, alabar y, por tanto, asumir poder.
Cada forma establece un tono, posibilita un destino, pulsa una nota en el universo distinta a cualquier otra. ¿Cómo dejar de observar? ¿Cómo ignorarlas?
Además, para el poeta, como para todo hijo de vecino, cada día de su ámbito privado está repleto de detalles mundanos, pasiones, divertimentos, visitas a la tienda de comestibles, al centro comercial para comprar calcetines, al túnel de lavado, al partido de béisbol. Estas actividades, no obstante, son superficiales: la ola cuando se enrosca y rompe. Y los poemas no proceden de esa parte del océano: proceden de las profundidades oscuras y densas y portentosas y casi impenetrables. Ahí es donde el poema surge y empieza a tomar forma por sí mismo. Ése es también el lugar donde el poema importa, desde donde se lee…
Quizá soñar sea meditar antes de la existencia del lenguaje. Ciertamente, los animales sueñan.

Expuesta, por otra parte, se autodefine como un ensayo sobre la epidemia de la ansiedad. Desde una perspectiva feminista, su autora intercala su propia experiencia a la hora de publicar una de sus novelas con diversas reflexiones acerca de la exposición de la intimidad a través de la escritura, la presión de las redes sociales y un mundo cada vez más complejo en el que el anonimato es prácticamente imposible.


Una flecha vuela desde el yo. El que la dispara mira al horizonte. Mirar demasiado profundamente en el espejo fue el fin para Narciso. La autoexploración es la práctica peligrosa (y por tanto maligna) de las mujeres.
Llegar a ese estado interior y darle forma exterior me parece el objetivo de escribir.
Anne Sexton dejó la clorpromacina para escribir, porque ese neuroléptico la aturdía. Sin fármacos, escribir era su forma de enfrentarse a la enfermedad mental, aunque la inmunidad solo duraba lo que tardaba en completar el poema. En su nota necrológica de Sexton, Erica Jong escribió que “en ocasiones parecía una mujer sin piel. Sentía todo con tanta intensidad, tenía tan poca capacidad de filtrar el dolor que los sucesos cotidianos le parecían insoportables. Paradójicamente, es también esa falta de piel lo que hace a un poeta”.

Así, estas escritoras se debaten entre la comunión y la autoexploración en la escritura, por un lado, y el anonimato y la diferenciación entre el yo poético y la vida íntima de la autora, por otro. Ambos libros imprescindibles para reflexionar sobre por qué y cómo escribimos y qué puertas abrimos más allá de nosotras a través de la escritura.






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