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  • Julia Laberinto

Abril 2022

Siempre me inunda una sensación urgente y contradictoria en abril. Es la época del deshielo, en la que abandonar el invierno es casi una necesidad. Aunque aquí el invierno es tibio. Carece de cualquier inclinación salvaje, extrema. Parece un invierno falso y, por tanto, la impaciencia por que termine también está apantallada. Los días de sol y calma se suceden con otros de lluvia y regresión hacia la oscuridad de comienzos de año, confundiendo a los tímidos brotes que emergen de la tierra dejando atrás su letargo. Los días llenos de planes, energía y encuentros se intercalan con días más lentos, de refugiarse y, de nuevo, dormir.

Abril es el mes en el que nos mudamos a nuestra nueva casa. La cualidad de hogar va apropiándose de ciertas partes de este lugar, pero todavía lo siento un tanto extraño, como si no nos fuéramos a quedar aquí. Me sorprende el silencio en el que permanece invariablemente a cualquier hora del día, nos encontramos en el centro de la ciudad y, a la vez, ajenos a lo que ocurre a ras de tierra en nuestra pequeña casa árbol. Poco a poco va perdiendo ese frío que caracteriza a los lugares deshabitados y nos acoge con su luz dorada y sus rincones. Me recuerda que es posible parar en este clima de bullicio y productividad que habitamos.

Durante los primeros días muchos de nuestros amigos vinieron a ver la casa. No teníamos sillas suficientes para todos así que teníamos que sentarnos en el suelo. Fueron días de contrastes. Al estrés de la mudanza y la incertidumbre se unieron visitas espontáneas y las vacaciones de Semana Santa. Nuestro humor cambiaba continuamente mientras nos adaptábamos a este nuevo lugar.

La dispersión de este mes también ha permeado a mis lecturas. Llevo un tiempo con “Cinco inviernos” de Olga Merino, sus diarios de la época en la ejerció de corresponsal en Rusia. Me conecta con la nostalgia de aquel verano que pasé en Moscú: retrata de manera íntima la cotidianidad, la fascinación por el lenguaje y su complejidad, la peculiar forma de ser de los rusos y todas sus leyes no escritas. Es un momento extraño para revivir una buena experiencia relacionada con lo ruso, pero he ido leyéndolo intermitentemente a lo largo de estas semanas. Tampoco puedo evitar picotear de aquí y de allá: el catálogo de la exposición “Surrealism beyond borders” que les pedí a mis padres que me trajeran de la Tate Modern cuando estuvieron en Londres, “Trilogía” de Hilda Doolittle, la poesía completa de Olga Orozco…

Leo sobre conjuros, sueños, intuición, paganismo y surrealismo. Todo junto, todo a la vez en el impulso impaciente e imparable que impone el cambio de estación.

Con esta sensación de dejar todo a medias me muevo hacia delante. Escribo, grabo mi voz, capturo imágenes que luego desecho y vuelvo a grabar. Trato de aceptar la imperfección de mis intentos.




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