• Julia Laberinto

7-IV-2022

Primer día en la nueva casa. Anoche no dormí, dando vueltas en una cama extraña y observando la disposición desconocida de mi escritorio, de las vigas del techo, de los tímidos rayos de luz que entran por el ventanuco. Al otro lado se despliega una corrala amarilla en el madrileño barrio de Lavapiés. M. cree que nuestra casa era una de las antiguas habitaciones del servicio. 35m2 repletos de nuestras cosas, irreconocibles en este nuevo contexto. Los suelos son de madera antigua y crepitan con cada uno de nuestros pasos como una hoguera subterránea. Todo huele a pintura y la luz es la de un domingo por la mañana.

Me familiarizo con los ruidos locales, con las voces de los vecinos y los horarios del camión de la basura que entra en la calle como un ejército. Empieza la primavera y todavía queda el frío.

Voy a trabajar por primera vez desde mi nuevo barrio. La ilusión de construir un nuevo hogar parece una emoción ilícita cuando abro los periódicos y leo sobre la guerra en Ucrania. Un impacto silencioso y me sorprendo de mi capacidad para mantenerlo bajo la superficie, para disociar mi pequeño universo de lo que ocurre a unos miles de kilómetros al este.



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