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  • Julia Laberinto

6/XI/22

Actualizado: 10 nov

Cuando la tormenta llega al pueblo y resquebraja con su furia hasta el último pilar, nadie se pregunta de dónde viene. Dónde se conjuraron las primeras brumas, los primeros vientos del norte para comenzar a girar en torno al ojo.

El miedo de la tormenta es un escalofrío tangible, sintomático. Define con sus signos la amenaza de lo real y lo penetrante.

Y, aún así, la inmovilidad de la piedra responde primero al aullido del invierno. El templo permanece quieto bajo la arrasadora negrura. Todos duermen inalterados por la magnitud de la hecatombe.

Lo mismo ocurre con las tormentas invisibles, tormentas interiores que se generan en profundidades desconocidas para agitar ocultamente la superficie.

Yo me siento con mi tormenta interna, a la espera de que amaine.



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