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  • Julia Laberinto

30-IX-2018

Me gusta pensar que tengo una enfermedad del sistema. Descarga mi responsabilidad sobre un poder sutil y ubicuo. Es el equivalente a decir que la culpa no es de nadie, en su versión sociopolítica. Cuando me apetece hablar de ello en tercera persona, opto por la aproximación biológica y digo que me falta algún neurotransmisor. Es mi tono gris habitual, el funcionamiento de mi cerebro es ligeramente anómalo. Y eso que la normalidad es, primero y ante todo, un concepto intrínsecamente esclavizante. La epidemia global del culto a lo óptimo, lo eficiente y lo eficaz. Pero, a veces, me gustaría alcanzar ese estado de medio-normalidad. Por eso creo que este sistema es tan perfecto. También tengo miedo a la estabilidad. Es una tierra yerma, donde no crece nada pero tampoco hay hambre. Por suerte, soy incapaz de adaptarme a la comunicación absoluta y a la alerta constante. Los que lo consiguieron se han marchado. Ahora yo busco sus manos y solo encuentro silencio.



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