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  • Julia Laberinto

29-VIII-2018

Actualizado: 26 de jun de 2019

He despertado. Contenía la respiración bajo las aguas de una corriente fría y ajena. La nada no tenía para mi ningún valor, porque el mundo encarnaba la desproporción del vacío. Recuerdo el silencio. Bajo el agua, la voz apantallada por el peso y la presión. Cualquier tímido susurro era censurado por la potencia arrolladora del aullido mayoritario. Abro los ojos solo para mirar dentro. Cobro conciencia de mi propia fuerza, el último reducto de oposición al agua que continúa fluyendo. La brisa superficial contra el torrente. Unas gotas de lluvia contra la feroz destrucción del incendio. Existe la posibilidad de despertar, pero no la de volver a dormir. Y la vigilia es devoradora. La felicidad, estando despierta, solo puede alcanzarse mediante la sumisión o el exilio. No hay salida al control invisible del río; incluso las rocas que entorpecen su curso, nacen de las entrañas de su propio cauce. Yo he despertado. Solo me queda ser agua, ser roca; estar despierta hasta desaparecer.




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