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  • Julia Laberinto

28-II-2020

Se ha roto la pala. Me lanzo al suelo sobre las rodillas y empiezo a cavar con las manos. Me entra barro en la boca, se me enreda en el pelo. Arranco la tierra con las uñas, enferma con la sed de llegar al hueso.

Agarro una raíz y la sigo. Me meto en el agujero que yo misma he cavado e ignoro las ramificaciones y las advertencias con el único objetivo de seguir el camino hacia la profundidad.

Pierdo los ojos, porque no hay nada que ver en la noche del subsuelo. De mis manos brotan espinas que, con el ansia de un animal, embisten la tierra para crear el túnel.

Mis orejas se cierran y se afila mi rostro, como ocurre allí donde desaparecen las voces de los hombres.

A las puertas ya oigo el latido.

Al final de la raíz: el corazón.

Miro hacia arriba y alguien sella con tierra la luz.




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