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  • Julia Laberinto

28-I-2019

Me quedé parada frente al Sea Palace. Había empezado a llover y la gente desaparecía en dirección a la estación de tren. Yo miraba a un Buda sonriente de neón que brillaba sobre la fachada. Yo ya había estado allí antes. Me quedé sola sobre la pasarela flotante y el agua de color negro agitó los cimientos del restaurante. Me acerqué a mirar los precios en el menú expuesto junto a la puerta. Mis padres nos habían llevado allí porque nos hacía ilusión comer en un restaurante que flotaba. Durante un instante los ojos se me llenaron de lágrimas. Hay algo de absurdo en la infancia que me hace un nudo en el estómago. Una culpa inexplicable. El tejado negro terminaba en un alero con bordes curvados hacia arriba. Protegía las paredes de cristal que rodeaban todo el edificio. En el interior, una gruesa moqueta verde esmeralda conducía a una barra forrada de luces de neón rosas. Desde la puerta veía un recibidor desborado de porcelana china y una fuente de plástico. La primera vez que yo había estado allí había sido abandonada por dentro. Y revivir aquel momento era como visitar mis propias ruinas. Vi los rostros de mis padres mirando los canales a través del cristal y pensé que eso era solo pasto de la memoria. Me vi a mi misma en la lluvia y me pregunté cuanto tardaría mi carne en transformarse en recuerdo. Antes de marcharme miré una última vez, como resistiéndome a la desaparición.


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