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  • Julia Laberinto

24-VIII-2018

Amélie Nothomb decidió no olvidar jamás sus emociones. Describe un rechazo explícito a no recordar aquello que le conmueve. La mente hambrienta y vacía de la infancia es el entorno ideal de la memoria. Pero renunciar a la inocencia acarrea irremediablemente la pérdida de la focalidad. La pérdida en general. La edad adulta es, por excelencia, la ausencia del camino, la improvisación más ignorante e insatisfactoria. Cuanto más se camina más se es consciente de la ausencia incontestable de destino, de la incongruencia de la fe, de la pasividad de la esperanza. La pérdida es la única realidad que aguarda al alma que se viste de plenitud. Yo pierdo la comprensión de las palabras que no se dicen. No entiendo la mirada silenciosa, el gesto mudo. También se me escapa la expresión en voz alta del propio pensamiento, la verbalización improvisada del torrente interior. Quiero escribir en todas las lenguas para hablar de la herida abierta, el tiempo perdido, el futuro incierto. Ese es mi verdadero drama del lenguaje. Las emociones se ahogan, se apagan, se olvidan. Aplastadas por el paso del tiempo, desaparecen. Mis intentos por comunicar la suavidad de las sábanas, el matiz de azul del mar, el olor concreto de una mañana; se ven frustrados por mi vocabulario tibio e insuficiente.


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