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  • Julia Laberinto

10-IX-2018

La ausencia de la palabra es un silencio pletórico de creación. El ruido interior es más fuerte. Más fuerte. Quiero decir algo; algo de río o de oleaje que no puede ser encadenado a la contingencia de las palabras que conozco. Incluso a la de aquellas que no entiendo. Porque el lenguaje es, en esencia, la herramienta de las personas para hablar de aquello que existe, no para encarnar el ruido interior. Ojalá pudiera llorar el sentido del agua, representar la ausencia o el páramo líquido. La cadencia de las sílabas que me mueven conduce a un espacio baldío. El repiqueteo del agua sometida a la gravedad relativa del espacio que ocupo es estéril. Porque mis ventanas están cerradas. Mi agua es solo contenido. No existe un cauce que abarque el caudal que me llena. No puedo delimitar los conceptos ni las corrientes. Soy incapaz. La adaptación del fluido a su recipiente es una mera simplificación, la mirada parcial de la tibieza. La adaptación de mi silencio a las palabras es incomprensible.


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